CINE | Festival de Cannes El sexo normalizado

La casualidad ha querido que el mismo día que se celebra en París la gran manifestación contra las bodas homosexuales, Cannes -probablemente- corone con la Palma de Oro a una película eminentemente gay. ¿Significa esto algo? o, de otro modo, ¿hará ‘La vie d’Adèle’ que cambiemos?

No hay datos sobre si ‘El último tango en París’, por ejemplo, modificó los usos y costumbres de la pareja heterosexual moderna. Tampoco se sabe si quiera si ascendieron de manera notable las ventas de mantequilla en los hipermecados de barrio. Pero, sea como sea, el caso es que algo sucedió en un tiempo que nos dejó de tirón películas como la de Bertolucci al lado de ‘Saló o los 120 días de Sodoma’, ‘El imperio de los sentidos’ o ‘Portero de noche’ o, ya puestos, ‘Emmanuelle’. Eso por no hablar de la eclosión del cine declaradametne porno. Y aquí, ‘Garganta profunda’ o ‘El diablo en la señorita Jones’.

chica estudiante

La mirada, en definitiva, se relajó y la mirilla de la cerradura se hizo mucho más grande. No está claro que esto nos hiciera mejores, pero sí diferentes.

‘La vie d’Adèle’, como la cinta de Bertolucci de 1972, no es una película erótica ni lejanamente lo pretende. La escena del escándalo se lleva apenas ocho minutos de un total de tres horas. Eso sí, un puñado de segundos en los que el sexo entre las actrices Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux más que mostrarse explícito se transparenta. Dice el director que de todas las secuencias, éstas fueron las más sencillas de rodar. “Es muy más difícil capturar la voluptosidad de la protagonista comiendo espaquetis, por ejemplo, que desnuda y junto a otro cuerpo perfecto”, afirma. Y le creemos.

A su lado, Léa Seydoux confiesa que no le costó gran trabajo, salvo por una cosa: “Por el cunnilingus, no paso”. Y, de hecho, unas prótesis de silicona evitaron el contacto de piel con piel en los momentos y lugares más, digamos, íntimos. Adèle, menos experimentada en eso del cine, añade por su parte que verse desnuda al lado de otra mujer a la que no conocía de nada supuso algo así como un shock. “Lo cierto es que esa escena se rodó de tirón y respetando siempre la misma forma de rodar del resto. Y eso daba confianza. La impresión apenas duró unos minutos”, dice.

Léa Seydouxy Adèle Exarchopoulos en el estreno del filme

Léa Seydouxy Adèle Exarchopoulos en el estreno del filme. | Efe

Pese a la casi unanimidad de la crítica (en su mayor parte masculina, téngase en cuenta) sí que ha habido disidencias. Y notables. La prestigiosa, brillante y mujer especialista en cine de ‘The New York Times’, Manohla Dargis, arremetía contra la manera “mística” (e inconsciente de la revisión crítica que el feminismo ha hecho en las últimas décadas de cómo el arte contempla el cuerpo femenino) de Kechiche. De otro modo más corto: estaba llamando machista y pornógrafo de pacotilla al director.

No está claro en definitiva, y desde un punto de vista ajeno al cinematográfico, si ‘La vie d’Adèle’, nos cambiará o si siquiera modificará un milímetro la forma en la que miramos al sexo en general y al lesbianismo, como el último gran tabú, en particular. Pero lo cierto es que, a un lado el furibundo y hasta razonable ataque de Dargis, probablemente por primera vez en el cine reciente, dos mujeres hacen el amor en la pantalla sin que el espectador más o menos educado y capaz de leer frases más o menos largas, se sienta agredido.

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Porque, al contrario que en el cine de los 80 en el que se vendió como liberación el escándalo como herramienta comercial (‘Atracción fatal’ o ‘Nueve semanas y media’), o al revés que en cine ‘voyeurístico’ (o de mirón) más o menos consentido y camuflado (‘Lazos ardientes’ o ‘El ansia’) como porno para gente de bien, en ‘La vie d’Adèle’ el momento del sexo no supone un parón en la narración.

La inmensa temperatura en el acto de amar que demuestran las dos actrices justifica el desarrollo posterior de la historia a la vez que mantiene la misma pauta estilística y gramática cinematográfica de toda la película. Tiene, para que nos entendamos, sentido.

De la misma manera que ‘El último tango en París’ no iba de sexo sino del vacío del hombre moderno (tal cual), la película de Kechiche no va de cómo excitar a los críticos machos alfa de la sala (aunque algún para cardiaco se registró) sino de las dudas de la pubertad y, por extensión, de todo lo que viene después. Una duda, eso sí, sufrida y ejercitada en toda su pasión. Y en todo esto, el sexo es siempre vivido como la expresión gráfica, sencilla y desnuda de algo mucho menos gimnástico, pero igual de ajetreado: el amor. Normalizar el sexo quizá sea la forma menos atribulada de normalizar o explicar el amor.

Hemos llegado.

Porque, admitámoslo, parte del problema resida tal vez en la obsesión casi clínica de nuestra sociedad por el sexo, en ese empeño de convertirlo en un elemento más de ese parque temático en el que va camino de convertirse todo. ¿No se han fijado que sólo gusta lo que excita? ¿Acaso no es absurda esa demente celebración del éxtasis, del insulto, del elogio, del frenesí que vivimos en todos los aspectos de la vida: desde el fútbol a la política pasando por la vida en pareja?

Sea como sea, bienvenida sea una película excitantemente tranquila. En su normalización antiéxtasis.

En definitiva, ‘La vie d’Adèle’ supone (aunque pueda haber idealizaciones aún tristes, como dice Dargis) un evidente movimiento, un cambio de actitud. Y no deja de ser llamativo que sea el mismo día que París arde en contra de los cambios de actitud.

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